Sostiene Donald Trump que la cumbre en Pekín entre el presidente chino y los líderes de Rusia y Corea del Norte, con ocasión del 80 aniversario de la derrota de Japón, es una conspiración contra Washington, pero en realidad quien parece conspirar contra su propio país es el actual inquilino de la Casa Blanca. Se puede decir, de hecho, que desde que cayó el Muro, aunque suene extraño a la luz de su enorme potencial económico, político y militar, EEUU nunca ha estado tan aislado del resto del mundo.
Lo del resto del mundo no es una figura literaria. El acercamiento de India a China es un paso más en la nueva política de alianzas alentada por la política exterior de Trump, aunque no se conoce si de forma deliberada o no. Lo que sí se sabe es que su efecto más reciente ha sido el empoderamiento de una entidad como la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), que hasta el regreso de Trump era prácticamente ignorada en el tablero internacional.
Fundada en 2001, con China y Rusia como promotores, junto a algunas ex repúblicas soviéticas asiáticas, representa hoy (tras la incorporación de India y Pakistán —potencia nuclear—) a más del 40% de la población mundial y el 25% del PIB, lo que da idea de las consecuencias adversas que puede tener la creación de un bloque antagónico a Washington y sus aliados más fieles, sobre todo los europeos. Un bloque que, por cierto, complementa a los BRICS, el otro eje, junto al Sur Global, que desafía a Washington. El enfoque regional con el que nació la OCS, de hecho, es ahora global.
Todavía no es la OTAN porque carece de la naturaleza militar de la alianza atlántica, pero su peso político va mucho más allá de lo que en época de Bush padre se llamó de forma despectiva eje del mal. Lo que une a los países agrupados en torno a China es que todos son Estados autoritarios, lo que va mucho más allá que un simple pulso económico. Lo que se juega en el tablero internacional es la propia credibilidad de la democracia como sistema político eficiente y al mismo tiempo respetuoso con los derechos humanos. Y también, paradójicamente, la apuesta por el libre comercio, justamente la bandera que ha abandonado EEUU desde la llegada de Trump, y que ahora han tomado los países asiáticos.
El éxodo de las farmacéuticas europeas
Un caso simbólico es el de la industria farmacéutica europea, ahora castigada por los aranceles de la Casa Blanca. Según ha publicado la unidad de inteligencia de Financial Times, la industria biofarmacéutica china está en auge porque las multinacionales europeas están estableciendo planes para obtener una parte del mercado chino ante las trabas impuestas por EEUU. Las promesas de inversión extranjera directa en el sector biofarmacéutico chino superaron ya los 4.000 millones de dólares entre enero y julio de 2025, seis veces más que en el mismo período de 2024. Es decir, el tiempo que lleva Trump en la Casa Blanca. ¿Las razones? La avalancha de inversiones está impulsada principalmente por empresas europeas como AstraZeneca y Roche.
Esto es así porque China está cortejando activamente a empresas extranjeras abriendo el mercado y ofreciendo incentivos para que se alineen con las prioridades de la atención médica. Pekín, de esta manera, con su visión a largo plazo, busca desarrollar la autosuficiencia en este sector esencial. La biofarmacia representa un tercio del total de la inversión extranjera directa de China, que ascendió a 11.700 millones de dólares en los primeros siete meses del año. Trump, con sus aranceles, ha impulsado este proceso.
La idea de crear un orden internacional alternativo a Washington no es nueva, y solo hay que recordar el movimiento de los países no alineados de los años 60 y 70. Lo singular es que ya no se trata de países en desarrollo que buscaban otra vía en busca de la prosperidad de su población, sino naciones industrializadas o semiindustrializadas con gran poder económico y con una enorme influencia en las cadenas globales de suministro, vitales para los países occidentales.
No solo eso. Entre sus objetivos está la creación de medios de pago alternativos al sistema SWIFT, dominado por EEUU, lo que supone un desafío para el dólar, que de manera hegemónica domina todavía las transacciones internacionales. Solo hay que recordar que China, desde hace años, ha aumentado su presencia en buena parte del planeta como acreedor, en particular en los países de bajos y medianos ingresos. Nada menos que el 32,1% de la deuda oficial bilateral de esos países es con China.
Una nueva arquitectura geopolítica
El mensaje que se quiere lanzar desde Pekín es diáfano: la arquitectura geopolítica internacional, con sus consecuencias sobre la economía, ya no depende de forma hegemónica de Washington, sino de nuevos jugadores con gran capacidad para desestabilizar la economía del planeta, algo que debiera ocupar especialmente a Europa, junto a China el bloque más dependiente del comercio exterior. El peor escenario para Europa, de hecho, es el de la polarización geopolítica, ya que la deja en tierra de nadie. Sus exportadores necesitan a China, pero los Estados requieren la protección militar de EEUU.
Es en este contexto en el que hay que situar la insistencia de Xi Jinping, el presidente chino, en fortalecer las alianzas regionales, en particular con el sudeste asiático, cuyos líderes fueron invitados a los actos de Pekín, pero también con Asia Central, un territorio a veces descuidado por China. Kazajistán o Azerbaiyán son grandes productores de minerales, materias primas y energía, y de ahí el renovado interés de Pekín por la zona, donde Rusia tiene aún hoy alguna influencia.
Es decir, se está fraguando un nuevo orden multilateral. Entre otras razones, porque la demografía siempre es un factor fundamental para explicar los movimientos geopolíticos, y hoy EEUU y Europa representan menos del 10% de la población del planeta.
La demografía es fundamental para explicar los movimientos geopolíticos, y hoy EEUU y Europa representan menos del 10% de la población
Al mismo tiempo, China, y tras la guerra de Ucrania, ha conseguido taponar una de sus debilidades estratégicas, como históricamente han sido las fuentes de energía para abastecer su industria manufacturera. Pekín, además de invertir ingentes cantidades de dinero en renovables, podrá aprovechar los suministros de gas y petróleo procedentes de Rusia, como lo demuestra el gasoducto recientemente anunciado por Moscú y Pekín. Cuando esté construido, a principios de la década de los 30, el gasoducto Power of Siberia 2 abastecerá 50.000 millones de metros cúbicos anuales y se extenderá hacia el este desde los yacimientos de gas que antes suministraba Europa. Además, ofrece a China una alternativa a la importación de gas natural licuado (GNL) de EEUU, Qatar y Australia, precisamente socios de Washington.
Como han escrito algunos analistas, estos movimientos en el tablero geopolítico internacional, incluidos los aranceles, están pasando de puntillas por los mercados, salvo algunos movimientos bruscos al comienzo de la era Trump, pero tarde o temprano reaccionarán porque los cambios afectan al corazón del sistema económico y financiero. No se trata de episodios coyunturales en la correlación de fuerzas entre potencias, sino estructurales que vienen a ser una especie de un nuevo Bretton Woods, pero ahora el consenso de Washington será para muchos el consenso de Pekín.